Cuántas veces nos habrá ocurrido esto. En cuántas ocasiones hemos llegado a casa con un humor de perros, porque hemos tenido un día malo. Han salido mal varias cosas, alguna de ellas porque nosotros mismos hemos metido la pata; cosa que nos produce rabia y frustración. O bien, porque alguien ha conseguido ponernos de muy mal humor.

Por qué tratamos peor a los que más queremos

Y en consecuencia, le contestamos muy mal a la primera persona que encontramos en casa, y que nos pregunta qué nos pasa. Da igual si es tu pareja, tu madre o tu compañero de piso; no importa, sea quien sea, le mandas a freír algo, o alguna cosa peor… Y es que, como se suele decir: no hay nada que dé más asco que la confianza.

De ahí sale perfectamente una discusión, por cualquier tontería que no habría tenido ninguna importancia en otro momento. Pero claro, llegas de tan mal humor, que un simple “¿qué te pasa?”, es suficiente para que saltes como un resorte.

¿Por qué tratamos peor a los que más queremos?

Después de haber pasado un día muy malo, tenemos la necesidad de sacar toda esa tensión que hemos ido acumulando. Y claro, le suele tocar a las personas de más confianza adoptar el rol de saco de boxeo, sin que tengan ninguna culpa de lo que nos pasa; para que nosotros nos liberemos de la rabia que traemos, y que no nos hemos atrevido a soltar en ninguna otra parte.

Damos por hecho que esas personas que nos quieren y a las que queremos, nos van a tolerar esto y más. Por lo que no nos molestamos en ser comedidos, y mantener los buenos modales.

Es muy frecuente que, una vez se nos haya pasado ese mal humor y volvamos a estar en “modo normal”, nos sintamos culpables. Y nos hagamos a nosotros mismos la promesa de que la próxima vez, lo vamos a controlar. Sin embargo, la próxima vez, vuelve a ocurrir lo mismo que la anterior.

Pero entonces, si sabemos que esas personas queridas no tienen la culpa de nuestra rabia, si sabemos que lo hemos hecho muy mal con ellas y nos sentimos culpables…¿por qué lo hacemos? ¿por qué les contestamos mal, sin que se lo merezcan?

Frustración, rabia o culpa

Pues bien, cuando las cosas no nos han salido como queríamos, porque hemos cometido algún error, sentimos frustración y rabia hacia nosotros mismos. Además, surge el sentimiento de culpa, pero claro, es un sentimiento muy difícil de gestionar, con lo que, necesitamos buscar a alguien de fuera que cargue con esa culpa y nos libere de ella. Alguien que nos haga sentir menos responsables de los posibles errores que hemos cometido.

Lo más cómodo para esto, es elegir a una persona que esté lo bastante cerca, pero claro, suele ser una persona que no tiene nada que ver con lo ocurrido.

Castigarnos y castigarlos

Se han hecho algunas investigaciones al respecto, y se ha comprobado que, las personas más allegadas son identificadas por nuestro cerebro como parte de nosotros, como si esas personas fuéramos nosotros mismos.

Cuando cometemos un error y nos sentimos culpables por él, tenemos la tendencia a castigarnos, y claro, como para nuestro cerebro los más cercanos forman parte de nosotros, les castigamos también a ellos, sin pararnos a pensar que esas personas no tienen culpa de nada.

La confianza y seguridad que llevan al abuso

Por otra parte y como te decía antes, damos por hecho que las personas que tenemos cerca y que nos quieren, nos van a soportar en esta actitud y en cualquier otra, que no nos van a abandonar o dejar de querer, por lo que no escatimamos en mal humor y palabras que ofenden.

Esa seguridad de no abandono, no la tenemos con personas menos cercanas y menos queridas. Con lo que, con las personas de menos confianza, no nos atrevemos a sacar nuestra rabia y nuestra frustración.

Es por estas razones por las que la mayoría de las veces, tratamos peor a los que más queremos; y algo mejor a los que no son tan cercanos, con los que no tenemos tanta confianza.

Cómo puedes evitar tratar mal a tus allegados

Ya se sabe que, en los momentos en que estamos enfadados, no es tan sencillo controlar las emociones. y por tanto, no es tan fácil controlar lo que hacemos o lo que decimos. Se trataría entonces de un ejercicio de autocontrol, que seguro requiere un poco de esfuerzo.

Para empezar, tendrías que pensar en qué es lo que ha provocado tu enfado. Porque, si ha sido la actitud o el comportamiento de otra persona, es a ella a quien tendrías que expresarle cómo te sientes y qué es lo que te ha sentado mal, siempre de una forma asertiva claro está.

Si otra persona ha hecho algo que te ha molestado y no se lo dices, por una parte, puede volver a hacerlo porque no sabe que es algo que te molesta. Por la otra, te llevas tú el enfado y, lo sacarás, como hemos dicho, con quien menos se lo merece.

Si tu enfado es por algo que has hecho tú, lo más sano es admitir tu responsabilidad. Pero esto, no para castigarte, sino para aprender del error, que es para eso para lo que están los errores.

Si aún después de todo esto sigues con el enfado, que es muy probable por otra parte, hay muchas formas en que puedes sacarlo, que no sea contestarle mal a alguien a quien quieres.

Puedes, por ejemplo, dar cuatro gritos en un sitio donde no molestes a nadie, ir al gimnasio o a correr y descargar la rabia con ejercicio físico, o bien, buscar un saco de boxeo de verdad al que puedas pegarle. En su defecto, también te vale un cojín o una almohada, cualquier cosa que no sea de carne y hueso.

 

Rosa Armas
Colegiada T-1670.