En muchas ocasiones hacemos esto, lo hacemos todos y puede que hasta varias veces al día. Me refiero a la acción de intentar justificar, o dar una excusa, de por qué no hemos hecho algo que sabemos que teníamos que haber hecho.

Intentamos justificarnos de algo que no queremos hacer; o bien de algo que los demás esperan que hagamos, y que igualmente no hicimos.

por qué intentamos justificarnos

En definitiva, nos justificamos cuando creemos que no hemos actuado del todo bien. Pero es que incluso, nos justificamos por algo que hemos hecho, que no necesariamente tiene que haber sido algo malo.

Justificarnos es algo que hacemos con frecuencia y casi sin darnos cuenta. No caemos en ello hasta que alguien nos dice eso de “no me pongas excusas”… en ese momento, nos damos cuenta de que efectivamente, las estamos poniendo.

Estoy hablando de excusas y de justificaciones de manera indistinta, aunque en realidad no son lo mismo.

Nos justificamos cuando damos muchas explicaciones acerca de algo que hemos hecho, en cambio ponemos excusas cuando no hemos hecho algo y pretendemos disculparnos por ello.

Por qué ponemos excusas o nos justificamos.

Según dice el diccionario, una excusa es un motivo que damos para eludir una obligación; o bien, para explicar la ausencia de una acción.

Bien, esto estaba más o menos claro. Pero ¿por qué tenemos la necesidad de justificarnos o de poner excusas?

Pues te diré que tiene una buena razón. Y es que cuando sabemos perfectamente que no hemos cumplido con algo con lo que nos habíamos comprometido, o simplemente con algo que sabíamos que teníamos que haber hecho, nuestros niveles de ansiedad aumentan. Y cada vez que recordamos eso que no hicimos, la ansiedad y el malestar aumentan más.

Entonces buscamos algo que explique, ya sea a otra persona, o a nosotros mismos, esa falta de acción y así, recuperar el bienestar que habíamos perdido.

Esto en psicología se llama disonancia cognitiva, y consiste en que, cuando dos ideas, o una idea y una conducta entran en conflicto, se crea la necesidad de disminuir la tensión que produce dicho conflicto.

La disonancia congnitiva

Para ello, empezamos a crear nuevas ideas que justifiquen nuestra conducta. Claro que, otra manera de reducir esa tensión, sería cambiar el comportamiento que está en conflicto con la idea. Sin embargo, la mayoría de las veces, es más sencillo crear un pensamiento que nos alivie, que cambiar la conducta.

Podríamos decir que, casi instintivamente, buscamos la manera de recuperar el equilibrio emocional que habíamos perdido con esa disonancia. Y para ello, necesitamos explicar una acción que, en el fondo, sabemos que no ha estado bien. Esas excusas nos producen un alivio, por lo menos durante un rato.

Solemos decir, “no tuve tiempo”, “no pude…”, o “me fue imposible”. Pero es verdad que, casi nunca decimos, “no me apeteció”, o “no tenía ganas”.

Por lo tanto, la excusa nos permite resolver la disonancia cognitiva, pero también hay un buen motivo para justificarnos, y es que, cuando nos preocupa lo que los demás puedan pensar de nosotros, cuando nos preocupa dar una mala imagen, entonces, damos unas explicaciones y unas justificaciones, que en realidad nadie nos había pedido, pero que aportamos para que no queden dudas. Con la justificación, lo que buscamos en el fondo es la aprobación y la aceptación de los demás.

En el caso de las excusas, nos resultan casi inevitables, porque de alguna manera deberemos aliviar la tensión y la disonancia que nos provoca la falta de acción, cuando sabemos que teníamos que haber actuado. Y es que, por lo general, no nos atrevemos a admitir, que la causa fue la vagancia, la dejadez o el descuido.

Por otra parte, cuando nos justificamos, se nos olvida que tenemos todo el derecho del mundo, a hacer lo que queremos, a tomar nuestras propias decisiones, sin tener que explicárselas a los demás. Pero claro, la preocupación por lo que puedan pensar de nosotros, nos lleva a dar las explicaciones.

¿Es posible relacionarnos sin poner excusas ni dar explicaciones?

A ver… en realidad, hacer estas dos cosas no suponen en principio ningún problema, o al menos ningún problema que sea grave. Aunque, sí que nos sirve para autoengañarnos. Pero, es cierto que, dejar de hacerlo, posiblemente nos haría sentir más libres. Y sí, sí que podemos relacionarnos con otras personas, sin tener que poner excusas a nada, y sin tener que justificarnos por nada.

Para dejar de justificarte por las cosas que haces, tendrías que tener muy claro que, tu vida sólo te pertenece a ti y que, tienes el derecho de hacer lo que tú quieras con ella, sin la necesidad de explicarlo. Tendrías que atreverte a no dar explicaciones, a no complacer a los demás, y por lo tanto, atreverte a quedar mal.

Eso sí, siempre podrás dar los motivos de por qué has hecho algo, si es que te apetece, claro. Pero no es lo mismo dar unos motivos, que consiste en dar unas razones claras y concretas, que justificarte, que consiste en darle vueltas al tema, intentando que la otra persona no piense mal de ti.

Por otra parte, dejar de poner excusas, también es posible, pero quizás, un poquito más difícil. A no ser que, a partir de ahora, decidas ser totalmente sincero y contar exactamente la razón por la que no has hecho algo, o por la que no quieres hacerlo, sin poner ninguna excusa. Aunque como te digo no es tan fácil de hacer, siempre te podrás evitar el tener que inventarte excusas, que puede que sean creíbles, o puede que no.

 

Rosa Armas
Colegiada T-1670.