Cómo gestionar la frustración

gestionar la frustración

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Es necesario aprender a gestionar esta sensación. No podemos controlarlo todo, no podemos conseguirlo todo, y en algunas ocasiones no nos quedará otra opción que aceptar una realidad, que quizás no sea de nuestro agrado. Para ello tendremos que afrontar la decepción y la frustración.

Cuántas veces a lo largo de nuestra vida habremos tenido esta sensación que te digo; la sensación de frustración, porque no hemos podido conseguir eso que queríamos. Eso que sabíamos que requería tiempo y esfuerzo, y a pesar de habérselo dedicado, no pudimos conseguirlo.

La sensación de haber fracasado nos produce frustración, que puede ser más o menos intensa. Para algunas personas, el hecho de no poder alcanzar ese objetivo que se habían propuesto tal vez no sea más que una simple molestia. Para otras en cambio, puede ser una auténtica catástrofe que tardarán un tiempo en poder digerir; pero que además, les dejará una sensación de fracaso y una gran desmotivación para intentar alcanzar otros objetivos en el futuro.

Si consideras que eres una de esas personas, de esas que lo pasan verdaderamente mal cuando no logran lo que se habían propuesto, es decir cuando no saben cómo gestionar esa frustración, quiero proponerte algunas ideas que te ayudarán a llevarlo un poco mejor.

Pero vamos a empezar por el principio, por definir qué es exactamente eso de la frustración, que es un término que hemos oído en muchas ocasiones.

La frustración es una emoción, que solemos percibir como negativa, y que se produce cuando no hemos podido alcanzar una meta, un objetivo o un deseo para el que nos habíamos esforzado. La frustración también se puede producir cuando hay una situación externa que nos afecta y por supuesto, nos desagrada.

Dicho de otra manera: la frustración está relacionada con la capacidad que tenemos para gestionar nuestras emociones, ante nuestros fracasos o limitaciones. Esa emoción suele ir acompañada de sentimientos de impotencia, pero también de la sensación de fracaso.

Por lo general, cuando una persona adulta no es capaz de tolerar la frustración, es porque no se le enseñó desde pequeño. Si cuando somos niños no se nos enseña, o por la forma en que nos han educado no hemos aprendido que hay cosas que vamos a poder obtener, pero que hay otras que no, terminaremos siendo adultos intolerantes a esa frustración que se producirá cuando no logramos lo que queríamos lograr. 

Esto lo sabemos todos: no creo que haya alguien a quien se le escape que hay cosas que pueden ser y cosas que no. Sin embargo, sentir esa pequeña decepción cuando no hemos logrado lo que queríamos, es bastante natural y no es necesario castigarse por sentirla. Como emoción que es, no se puede clasificar como positiva o negativa; todo dependerá de la situación, la intensidad y la duración de la misma. Lo que sí habrá que hacer es gestionarla lo mejor posible.

Existen diferentes motivos por los que sentimos frustración. Y, está bien conocer de dónde viene, para saber qué grado de control tenemos. 

  • Uno de los motivos es interno. Es decir, la diferencia entre el esfuerzo que hemos hecho y el resultado que hemos obtenido. El resultado obtenido no se corresponde con el gran esfuerzo que hemos hecho. Quizás porque no hemos valorado correctamente nuestras capacidades, o tal vez, porque nos planteamos una meta poco realista. 
  • El otro motivo es externo, y aquí no tienes demasiado control.  Se produce cuando hay una situación externa que te genera esa frustración, como puede ser una enfermedad, o algo mucho más sencillo como encontrarte un atasco de tráfico cuando llegas tarde al trabajo. Pero puede ser cualquier otra situación que se escapa de tu control y que te impide alcanzar una meta, la que te produzca esa emoción.

Sea interno o externo el motivo de la frustración, hay un síntoma claro de que la estás sintiendo: y es la agresividad. Detrás de cualquier conducta agresiva hay, sin duda, frustración. Pero claro, la agresividad aparece cuando no tenemos otra estrategia para gestionar esa frustración.

Como te digo, la agresividad es la primera reacción que solemos tener ante la frustración. Sin embargo hay otras maneras de reducirla, que siempre serán un poco más saludables:

Desarrolla la capacidad de aceptación

La primera de las ideas, es la que suele funcionar para muchas de las emociones que nos resultan desagradables, y es aceptar. Aceptar suele ser muchas veces la palabra mágica. 

En este caso, aceptar que no siempre podremos obtener lo que queremos. O al menos que en ese momento concreto, o bien con el esfuerzo hecho, no ha podido ser. 

Pero también que quizás si buscamos otras vías de actuación, sí que podamos conseguirlo. En definitiva, se trataría de aceptar que la manera en que hemos actuado tal vez no era la mejor para alcanzar ese objetivo, pero que quizás buscando otra si que podamos lograrlo.

Valora el motivo de tu fracaso

Cuando algo que queremos no ha salido, sería un buen ejercicio valorar algunas cosas, como por ejemplo si nos hemos esforzado lo suficiente para alcanzarlo, si el objetivo era realista o si tal vez era excesivo, y además si es que somos perfeccionistas y sí que ha salido, pero no tan bien como queríamos.

Expresa tu frustración

Como te decía, esta emoción está muy vinculada con la rabia, pero también con la tristeza que produce no haber logrado un objetivo. Y claro, estás en tu derecho de expresar esa emoción, tanto para ti mismo como para los demás, lo que te servirá para liberarte y reducirla. 

Establece nuevas metas

Pero claro, en muchas ocasiones no hay vías alternativas. A veces, simplemente no es posible alcanzar lo que queremos. Y en ese caso lo más sano sería, por una parte, plantearte si puedes vivir sin eso que tanto deseabas. Y por otra parte, puedes establecer otras metas que también puedan hacerte feliz, que sin duda, habrá otras muchas.

Eso sí, todas las metas que te propongas deberán ser lo más realistas posible, si no es así irás pasando de una frustración a otra. Lo que sí que no debes hacer, ni creer, es que si has fracasado en un objetivo, fracasarás siempre en todos. Porque eso simplemente no es verdad. 

Cuando te hayas propuesto una meta a conseguir y hayas valorado lo realista de la misma, podrías dividirla en otras más pequeñas que te lleven a la meta final. De esta manera irás viendo resultados más a corto plazo, y eso además de motivarte te servirá para ir viendo cómo avanzas en tu objetivo.

Visto todo lo anterior: si no has conseguido alguna de las metas que te habías propuesto para tu vida, no permitas que eso te amargue la existencia. Busca otras metas que puedan hacerte feliz, sin duda hay muchas más.

Rosa Armas

Colegiada T-1670 

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