Estrés en la adolescencia

Según la A.P.A., los niños y adolescentes pueden llegar a experimentar altos niveles de estrés cuyos efectos provocan síntomas como, irritabilidad, ansiedad, cansancio, falta de concentración, trastornos del sueño, o presencia de pensamientos negativos, entre otros. Muchos de estos niños no tienen herramientas adecuadas para hacer frente a situaciones de estrés.

Los padres pueden ayudar a sus hijos a desarrollar formas saludables de afrontar y manejar el estrés Para ello se aconseja lo siguiente:

Estrés en adolescentesReconocer los síntomas del estrés: es importante prestar atención a una serie de señales y síntomas que pueden ser indicativos de que el adolescente está experimentando niveles de estrés poco saludables. Algunos de ellos son irritabilidad, enfado, preocupación excesiva, trastornos del sueño o alteraciones en la alimentación. En casos en los que no hay supervisión parental, algunos adolescentes pueden tratar de paliar el estrés consumiendo alcohol o sustancias ilegales.

Dialoga con tu hijo: muéstrate comprensivo y mantén las líneas de comunicación abiertas, de este modo, él sentirá que sus padres están disponibles para hablar en cualquier ocasión y acudirá a ti cuando se sienta abrumado. Cuando converses con él, haz que se sienta comprendido y escuchado: muéstrale interés, transmítele que entiendes lo que siente y que valoras positivamente su punto de vista. Reserva al menos un día a la semana para dedicárselo a tu hijo, aprovechando este tiempo para hacer alguna actividad conjunta.

Enséñale estrategias de afrontamiento saludables: la actividad física es una vía eficaz para manejar el estrés. Anima a tu hijo a participar en actividades con las que disfrute, tales como deporte de equipo, senderismo, yoga, baile, natación, etc. Y, si es posible, trata de realizar alguna de estas actividades en familia. También es importante seguir unos hábitos de sueño saludables: cuando se pasa por alguna situación estresante suelen alterarse los patrones normales del sueño, a su vez, la falta de sueño suele aumentar el estrés. Anima a tu hijo a dormir una cantidad adecuada de horas,  regula sus horarios de sueño limitando el tiempo de exposición a la televisión por la noche y realizando actividades tranquilas que faciliten el sueño.

Las preocupaciones relacionadas con la escuela y las relaciones sociales pueden ser una fuente de estrés para los adolescentes: en algunos casos, pueden ser demasiado autoexigentes y autoimponerse metas poco realistas, lo que, a la postre, conlleva sentimientos de frustración y ansiedad. A este respecto, trata de ayudarle a fijar metas reales, dividiendo su objetivo en pequeños pasos. No resuelvas los problemas de tus hijos. Ten en cuenta que, a lo largo del proceso de transición a la edad adulta, el adolescente va desarrollando su autonomía a medida que va tomando sus propias decisiones y es capaz de resolver las dificultades con las que se encuentran. Por lo tanto, ayúdale a buscar soluciones orientadas a solventar sus problemas, generando diversas alternativas y valorando las consecuencias de aplicar cada una de ellas, con el fin de que aprenda a hacer frente por sí mismo a cualquier imprevisto que pueda surgir en un futuro.

Crea un espacio seguro para él: las rutinas suelen tranquilizar a los niños y adolescentes, y pueden ser reconfortantes en momentos de estrés. Estableciendo unos hábitos, le transmitirás a tu hijo consistencia y seguridad. Trata de fijar una serie de rutinas familiares durante la semana, por ejemplo, comer todos juntos, reservar un día de la semana para ver una película en familia,… este tipo de situaciones constituye una oportunidad para conversar.

Sé un modelo de hábitos saludables para tu hijo: aparte de fomentarlos, es importante que tu hijo vea en ti un ejemplo en cuanto a comportamientos sanos: promueve prácticas saludables de alimentación, realiza actividades físicas, duerme una cantidad suficiente de horas y toma medidas para regular tu propio estrés.

Busca ayuda profesional: si estás preocupado por el estrés de tu hijo, considera la posibilidad de buscar la ayuda de un psicólogo.

Fuente: American Psichological Association.

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